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Introducción:
Ángel Gaspar Celdrán
En
1614 apareció en la ciudad alemana de Kassel, no muy
lejos de Francfort, un opúsculo anónimo titulado
Fama Fraternitatis con el subtítulo
siguiente “El descubrimiento de la muy noble orden
de la Rosa Cruz”; el texto descubre la existencia de
una sociedad secreta, la hermandad de la Rosacruz,
fundada por Christian Rosenkreutz.
El
Padre y Hermano Cristián Rosacruz es el misterioso
fundador de la Fraternidad de la Rosacruz, o
Fraternidad de Místicos Cristianos; un Hermes
profundamente cristianizado, fundador de una
Fraternidad de sabios científicos, que se reúnen
periódicamente en la Morada del Espíritu Santo y,
como tal, la figura central de los Manifiestos de la
Fraternidad de la Rosacruz, los cuales vieron la luz
en los primeros sabios del siglo XVII, y fueron
impresos por primera vez en 1614, 1615 y 1616. Se ha
discutido y especulado mucho sobre la forma de estos
escritos, pero hasta ahora jamás se estableció con
precisión quiénes fueron sus autores y quiénes eran
responsables de su elaboración y su redacción. No
obstante, una investigación histórica, cuya primera
fase terminó por el momento en 1986, ha mostrado
claramente que fueron tres los hermanos responsables
de este trabajo: Tobías Hess, Christophe Besold y
Johann Valentin Andreae. Nunca se insistirá lo
suficiente en la importancia de esta investigación,
que muestra claramente que la fuente de inspiración,
y por ello la poderosa fuerza que se hace oír en los
Manifiestos, es el resultado de una tradición, de un
desarrollo susceptible de ser definido como una
fuerza de manifestación espiritual, unida
ininterrumpidamente a la humanidad, y que opera
periódicamente de manera muy particular.
La
Fama Fraternitatis
Capítulo I
Nuestro difunto padre, Fr. C. R., espíritu
religioso, elevado, altamente iluminado, alemán,
jefe y fundador de nuestra fraternidad, consagró
esfuerzos intensos y prolongados al proyecto de
reforma universal. La miseria obligó a sus padres,
aún siendo nobles, a ponerlo en el convento a la
edad de cuatro años. Allí adquirió un conocimiento
conveniente de dos lenguas: latín y griego. También
vio colmadas sus incesantes súplicas y plegarias en
la flor de su juventud: fue confiado a un hermano,
P. a. l. que había hecho el voto de ir en
peregrinación al Santo Sepulcro. Aunque este hermano
no viese Jerusalén pues murió en Chipre, nuestro Fr.
C. R. no retrocedió: por el contrario se embarcó
para Damcar con la intención de visitar Jerusalén
partiendo de esta ciudad.
Durante el tiempo en que se vio obligado a prolongar
su estancia en Chipre obligado por el cansancio,
ganó el favor de los turcos gracias a su experiencia
no despreciable del arte de curar. Por azar oyó
hablar de los sabios de Damcar en Arabia, de las
maravillas que eran capaces de realizar y de las
revelaciones que les habían sido hechas sobre la
naturaleza entera.
Este
rumor encendió el noble y elevado espíritu de Fr. C.
R., que pensó entonces menos en Jerusalén que en
Damcar. No pudiendo contener sus deseos se puso al
servicio de señores árabes quienes, mediante una
cierta cantidad, deberían conducirlo a Damcar.
Cuando llegó sólo tenia 16 años aunque era un mozo
fornido, de raza alemana. Si creemos su propio
testimonio, los sabios no lo acogieron como a un
extranjero sino como a alguien cuya llegada
esperaban desde hacia mucho tiempo. Le llamaron por
su nombre y ante su sorpresa, constantemente
renovada, le mostraron que conocían numerosos
secretos del convento donde había estado. En
contacto con ellos se perfeccionó en lengua árabe
hasta el punto que pudo traducir en buen latín al
cabo de un año el libro M, que posteriormente
conservó. Allí adquirió sus conocimientos de física
y de matemáticas por los que seria justo que el
mundo se felicitase si hubiera mas amor y la envidia
fuera menos grande. Tras una estancia de tres años
tomó el camino de vuelta y, provisto de buenos
salvoconductos, franqueó el golfo arábigo, se detuvo
en Egipto el tiempo justo para perfeccionar sus
observaciones de la flora y de las criaturas, a
continuación atravesó el Mediterráneo en todos los
sentidos y, finalmente, llegó a donde le habían
indicado los árabes: a Fez. ¿No debemos sentir
vergüenza ante estos sabios que viven tan lejos de
nosotros? Desprecian los escritos difamatorios y su
armonía es perfecta; más aún: revelan y confían sus
secretos graciosamente y con buena voluntad.
Los
árabes y los africanos se reúnen cada año para
examinar las diferentes artes, para saber si se han
hecho descubrimientos mejores y para averiguar si
las hipótesis han sido depreciadas por la
experiencia. Los frutos que cada año producen estas
discusiones sirven al progreso de las matemáticas,
de la física y de la magia, que son las
especialidades de la gente de Fez.
Hoy
no faltan en Alemania los hombres de ciencia: magos,
cabalistas, médicos y filósofos. ¡Dios quiera que
deseen actuar por amor al prójimo y que la gran
mayoría no desee acapararlo todo para sí! En Fez
tomó contacto con los que suelen llamarse los
habitantes elementales, quienes le confiaron
numerosos secretos. Si entre nosotros los alemanes
reinase un entendimiento parecido y si nuestras
averiguaciones se caracterizaran por la mayor
seriedad posible, podríamos igualmente poner en
común una parte de nuestro saber. Sospechó a menudo
que la magia de los habitantes de Fez no era
enteramente pura y que su religión también había
mancillado la cábala. Sin embargo supo sacar de ello
un gran provecho, que afirmó aún más su fe en la
presencia concordante de la armonía en el universo,
armonía que marca con su sello maravilloso
periodis seculorum. Llegó a la hermosa
síntesis siguiente: al igual que cualquier semilla
contiene por entero el árbol o el fruto que
aparecerá dichosamente en el momento oportuno, el
microcosmos encierra íntegro al gran número. La
religión, la política, la salud, los miembros, la
naturaleza, la lengua, la palabra y los actos del
microcosmos están en acuerdo musical y melódico con
Dios, con los cielos y con la tierra. Todo lo que
contradice esta tesis es error, falsedad, obra del
diablo, causa última y primer instrumento de la
confusión, la ceguera y la necedad de este mundo.
Bastaría que cualquiera examinase a todos los
hombres de esta tierra sin faltar uno, para
encontrar que lo que está bien y lo que es cierto
siempre se encuentra en armonía consigo mismo
mientras que, por el contrario, todo lo que se
aparta de ello, está manchado por una multitud de
opiniones erróneas.
Capítulo II
Tras
permanecer dos años en Fez, Fr. C.R. partió para
España llevando numerosos objetos preciosos en su
equipaje. Puesto que su viaje le había sido tan
provechoso, alimentaba la esperanza de que los
hombres de ciencia de Europa le acogerían con una
profunda alegría y, a partir de ahora, cimentarían
todos sus estudios sobre tan seguras bases. Discutió
también con los sabios de España sobre las
imperfecciones de nuestras artes, sobre los remedios
que había que poner a ello, sobre las fuentes de las
que se podían sacar signos seguros concernientes a
los tiempos venideros y sobre su necesaria
concomitancia con los pasados, sobre los caminos a
seguir para corregir las imperfecciones de la
Iglesia y de toda la filosofía moral. Les enseñó
plantas nuevas y frutos y animales nuevos que la
antigua filosofía no determina. Puso a su
disposición una axiomática nueva que permite
resolver todos los problemas. Pero todo lo
encontraron ridículo. Como se trataba de asuntos
desconocidos temieron que su gran reputación quedara
comprometida así como verse obligados a volver a
comenzar sus estudios y a confesar sus inveterados
errores a los que estaban acostumbrados y de los que
sacaban beneficios suficientes; que reformaran otros
a quienes las inquietudes fueran provechosas.
Era
la misma letanía que otras naciones entonaron. Su
desengaño fue grande porque no esperaba en absoluto
una acogida semejante y porque entonces estaba
dispuesto a transmitir con mansedumbre todas sus
artes a los hombres de ciencia, por poco que estos
se esforzaran en encontrar una axiomática precisa e
infalible estudiando las diversas enseñanzas
científicas y artísticas y la naturaleza entera.
Dicha axiomática debía orientarse por su centro
Unico al igual que una esfera y, como era costumbre
entre los árabes, sólo los sabios deberían servirse
de ella como regla. Así pues era preciso fundar en
Europa una sociedad que poseyese bastante oro y
piedras preciosas para prestarlas a los reyes y que
también se encargara de la educación de los
príncipes que conociera todo lo que Dios ha
permitido saber a los hombres para que, en caso de
necesidad, estos pudieran dirigirse a ella, como los
paganos a sus ídolos. Debemos confesar en verdad que
el mundo, embarazado ya en la época con una gran
perturbación, sentía los dolores del parto:
engendraba héroes gloriosos e infatigables que
rompían violentamente las tinieblas y la barbarie,
mientras que nosotros, débiles como éramos, no
podíamos sino parodiarlos. Estaban en el vértice del
triángulo de fuego cuy as llamas aumentaban su
resplandor incesantemente y que sin ninguna duda
provocará el último incendio que consumirá al mundo.
Ésta fue entonces la vocación de Paracelso que
aunque no se adhirió a nuestra fraternidad, fue un
lector asiduo del Libro M, en el que supo iluminar y
aguzar su ingenio. Sin embargo también fue
obstaculizado por la barahúnda tumultuosa de los
hombres de ciencia y de los necios; nunca pudo
exponer en paz sus meditaciones sobre la naturaleza,
hasta el punto que consagró más espacio de sus obras
a denigrar a los insolentes y desvergonzados que a
manifestarse enteramente. Sin embargo encontramos en
él, en profundidad, la armonía de la que hemos
hablado y que sin duda alguna habría comunicado a
los hombres de ciencia, por poco que los hubiera
encontrado dignos de un arte superior al de las
vejaciones sutiles. Abandonando el mundo a la locura
de sus placeres, se olvidó a sí mismo en una vida de
libertad y de indiferencia.
Sin
embargo, volvamos al Fr. C. R., nuestro padre
bienamado: tras realizar numerosos y difíciles
viajes impartiendo diligentes enseñanzas,
frecuentemente con malos resultados, volvió a
Alemania. Amaba particularmente a Alemania cuya
transformación era inminente y que debería
transformarse en campo de batalla de una lucha
prodigiosa y comprometida. En este país, su arte y
particularmente el conocimiento que tenia de las
transmutaciones metálicas, hubieran podido
proporcionarle una gran gloria. Pero estimó que el
cielo, y su ciudadano el hombre, eran allí de un
interés altamente superior a cualquier pompa. Se
construyó una amplia y confortable morada en la que
meditó sobre sus viajes y sobre la filosofía, con el
fin de componer un memorial preciso. Se dice que una
buena parte del tiempo que permaneció allí lo ocupó
en las matemáticas y que fabricó una gran cantidad
de hermosos instrumentos aplicados a los diferentes
aspectos de dicho arte: la mayor parte de ellos se
han perdido y hablaremos mas adelante de los pocos
que nos quedan. Al cabo de cinco años volvió a
pensar en la tan deseada reforma. Como era de
espíritu constante, resuelto e inagotable, y como
carecía de toda clase de ayuda, decidió intentarla
por sí mismo en compañía de un pequeño grupo de
adjuntos y colaboradores. Con este fin invitó a tres
de sus hermanos del primer convento por los que
alimentaba una estima particular: G.V., Fr. I.A., y
Fr. I.O. los cuales habían adquirido además una
experiencia en las artes superior a la normal en la
época. Hizo que los tres contrajeran respecto a él
un compromiso supremo de fidelidad, diligencia y
silencio, y les pidió que anotaran por escrito, con
el mayor cuidado, todas las instrucciones que les
transmitiera para que los miembros futuros, cuya
admisión debería efectuarse posteriormente gracias a
una revelación particular, no fueran engañados
absolutamente en nada. Así pues, estas cuatro
personas fundaron el primer núcleo de la fraternidad
de la Rosa-Cruz. Las palabras pronunciadas, dotadas
de un amplio vocabulario, sirvieron para componer la
lengua y la
escritura mágicas que continuamos manejando para
gloria y honor de Dios, y en las que bebemos una
sabiduría profunda. Igualmente ellos compusieron la
primera parte del Libro M. Sin embargo estaban
abrumados de trabajo y muy angustiados ante el
increíble aflujo de enfermos por lo que, una vez
terminada su nueva morada que posteriormente se
llamó del Espíritu Santo, decidieron ampliar su
sociedad y hermandad. Escogieron como nuevos
miembros al primo hermano del Fr. Rosa-Cruz, a un
pintor de talento, Fr. B., y a G.C. y P.D. como
secretarios, todos de nacionalidad alemana salvo I.
A., en total ocho miembros solteros con voto de
virginidad. Debían componer un volumen en el que se
registraran todos los anhelos, deseos y esperanzas
que los hombres pudieran alimentar. Sin que pongamos
en duda los notables progresos que el mundo ha
realizado durante un siglo, estamos convencidos de
la inmutabilidad de nuestra axiomática hasta el
juicio final. El mundo no vera nada más, incluso en
su edad última y suprema porque nuestros ciclos
comienzan con el Fiat divino y se acaban con el
Perat, aunque el reloj divino registre cada minuto y
pese a que nosotros tengamos dificultades para
marcar las horas. Igualmente tenemos la firme
convicción de que si nuestros padres y hermanos
bienamados hubieran podido aprovechar la viva luz
que hoy nos baña, les hubiera sido más fácil
vapulear al Papa, a los Mahometanos, a los escribas,
a los artistas y a los sofistas, en vez de recurrir
a los suspiros y a los deseos fúnebres para
manifestar las fuentes de su ingenio. Cuando
nuestros ocho hermanos dispusieron todo de manera
tal que no tuvieron mas trabajos especiales, y
cuando cada uno compuso un tratado completo sobre la
filosofía revelada y sobre la filosofía secreta,
decidieron no seguir juntos durante más tiempo. Así
pues y como habían convenido al principio, se
dispersaron por todo el país, no sólo para que los
hombres de ciencia pudieran someter su axiomática a
un estudio secreto más profundo, sino también para
que pudieran informarles sobre si tales o cuales
observaciones habían originado errores en uno u otro
lugar.
Capítulo III
Sus
signos de reconocimiento eran los siguientes: 1.
Prohibición de ejercer profesión alguna excepto la
curación de enfermos a titulo benévolo; 2.
Prohibición de obligar a llevar hábitos especiales
reservados a la hermandad: Por el contrario,
deberían adaptarse a las costumbres locales: 3.
Obligación para cada hermano de presentarse el día
C. en la morada del Espíritu Santo, o de explicar
los motivos de su ausencia; 4. Obligación para cada
hermano de buscar una persona de valía que pudiera
sucederle en caso necesario; 5. Las letras R. C.
deberían servirles de sello, sigla y emblema; 6.
Durante un siglo la hermandad tenia que permanecer
secreta.
Juraron fidelidad mutua a los seis artículos y cinco
hermanos se pusieron en camino, quedandose junto a
Fr. C. solamente B. y D. Cuando al cabo de un año
estos también partieron, vinieron junto a él su
primo I. O., de manera que durante toda su vida
estuvo asistido por dos personas. Y por mancillada
que aun estuviera la Iglesia, sabemos sin embargo lo
que pensaba al respecto así como el objeto de sus
esperanzas y anhelos. Cada año se volvían a
encontrar con alegría v relataban exhaustivamente
sus tareas: sin duda momentos llenos de encanto los
de escuchar el relato verídico y sin artificio de
todas las maravillas que Dios no ha dejado de
derramar por el mundo. Tengamos por seguro que el
encuentro de estas personas, escogidas entre los
espíritus más sutiles de cada siglo, es obra de la
máquina celeste en su conjunto, y de que vivieron
entre ellos y en medio de la sociedad en la más
perfecta concordia, en una discreción total y lo más
caritativamente posible. Sus vidas transcurrieron en
estas actividades encomiables y, aunque sus cuerpos
estuvieran exentos de todo dolor y enfermedad, sus
almas no pudieron rebasar el límite predeterminado
de la desagregación. El primer miembro de la
comunidad que murió fue I. O., en Inglaterra, como
le había predicho desde hacía varios años Fr. C. Era
de una erudición particularmente profunda y muy
versado en la cábala como atestigua su obra H. Su
fama en Inglaterra era grande, sobre todo porque
curó la lepra a un joven conde de Norfolk.
Aunque cada puesto fue ocupado por un sucesor de
valía, los hermanos habían decidido ocultar el
emplazamiento de su sepultura, lo que explica que
aun hoy ignoremos donde están enterrados algunos.
Actitud con la que, en honor de Dios, queremos
testimoniar públicamente que, aunque podamos
imaginarnos la forma y constitución del mundo
entero, ignoramos sin embargo -y ésta es también la
enseñanza secreta del Libro I., dónde la hemos
bebido- tanto el infortunio que nos amenaza como la
hora de nuestra muerte. Dios en su grandeza se los
ha reservado para que estemos constantemente
preparados, cuestión que trataremos más
explícitamente en nuestra Confessio. En ella
enunciaremos también los 37 motivos por los que
revelamos ahora nuestra fraternidad ofreciendo
libre, espontánea y graciosamente, misterios tan
profundos y la promesa de más oro que el que
suministran las dos Indias al rey de España; pues
Europa está preñada y va a parir un robusto retoño
al que sus padrinos cubrirán de oro. Tras la muerte
de O., el Fr. C. no interrumpió su actividad: tan
pronto como pudo convocó a los demás miembros y nos
parece probable que su tumba fuera construida en su
época. Aunque los más jóvenes ignorábamos por
completo hasta entonces la fecha de la muerte de
nuestro padre bienamado R. C. y sólo supiéramos los
nombres de los fundadores y de todos los que les
sucedieron hasta nosotros, guardábamos sin embargo
en la memoria un misterio que nos confió A., sucesor
de D. y último representante de la segunda
generación que vivió con muchos de nosotros, en
enigmáticos discursos sobre los 100 años.
Confesamos también que tras la muerte de A., nadie
obtuvo la menor información sobre R. C. y sus
primeros hermanos salvo lo que sobre ellos se
encuentra en nuestra Biblioteca Filosófica, entre
otras obras en la "Axiomática" para nosotros
capital, en los "Ciclos del Mundo", la obra de mayor
sabiduría y en "Proteo" la más útil. Así que no
sabemos con certeza si los representantes de la
segunda generación poseyeron la misma sabiduría que
los de la primera, y si tuvieron acceso a todos los
misterios. Pero recordemos al lector generoso que ha
sido Dios quien ha preparado, aprobado y ordenado lo
que hemos aprendido aquí mismo sobre la sepultura de
Fr. C. y que ahora proclamamos públicamente. Le
seguimos tan fielmente que en manera alguna tememos
revelar en una obra impresa todo lo que se desea
saber de nosotros, nuestros nombres de pila,
nuestros seudónimos, nuestras asambleas, a condición
de que como contrapartida se nos aborde
circunspectamente y que las respuestas sean
cristianas.
He
aquí pues la relación verídica y completa del
descubrimiento del muy iluminado hombre de Dios Fr,
C. R. Después de la bienaventurada muerte de A. en
la Galia narbonense, le sucedió nuestro hermano
bienamado N. N. Cuando se nos presentó para prestar
el solemne juramento de fidelidad y silencio, relató
confidencialmente que A. había asegurado lo que
sigue: la fraternidad no seguiría siendo secreta:
dentro de poco serviría necesaria y gloriosamente en
nuestra patria común, la nación alemana. En su
posición, la noticia no le confundió. Como era un
buen arquitecto, cuando al año siguiente terminó sus
tareas y se le presentó la ocasión de iniciar un
viaje, abastecido con un viático respetable y con la
bolsa de un favorito de la Fortuna, pensó en
restaurar y modernizar la morada. Mientras realizaba
este trabajo se interesó por unas placas de cobre
amarillo donde estaban grabados los nombres de todos
los miembros de la fraternidad y otras inscripciones
diversas. Quiso trasladarlas bajo otra cúpula más
amplia puesto que los Antiguos habían mantenido
secreto tanto el lugar y la fecha de la muerte de
Fr. C. como, posteriormente, su sepultura, razón por
la cual no sabíamos nada de ella. Ahora bien, dicha
placa contenía un enorme clavo, más grande que los
otros. Cuando lo arrancaron tirando con fuerza,
arrastró una piedra tallada primorosamente que se
desprendió del delgado revestimiento, mostrando una
puerta que nadie había sospechado. Con alegría y
ansiedad quitamos lo que quedaba del yeso y a
continuación limpiamos la puerta en cuyo dintel
aparecieron los siguientes caracteres de gran
formato: ME ABRIRÉ DENTRO DE 120 AÑOS, seguidos del
antiguo milésimo. Dimos gracias a Dios e
interrumpimos nuestro trabajo pues deseábamos
consultar primero nuestra obra sobre los Cielos (Por
tercera vez remitimos a nuestra Confessio pues estas
revelaciones beneficiarán a los que son dignos de
ellas y, si Dios lo quiere, servirán de poco a los
que no lo son. En efecto, de la misma manera que
nuestra puerta se ha abierto de forma maravillosa al
cabo de tantos años, también deberá abrirse otra
puerta en Europa cuando se descombre el
revestimiento: muchos son los que la esperan con
impaciencia).
Capítulo IV
Por
la mañana abrimos la puerta y apareció una sala
abovedada en forma de heptaedro. Cada lado tenía
siete pies de largo y su altura era de ocho pies.
Aunque los rayos del sol nunca llegasen a ella,
estaba iluminada por otro sol -copiado sobre el
modelo del primero- que se encontraba en todo lo
alto, en el centro del techo. Como sepulcro habían
levantado en medio de la sala un altar en forma
circular, con una placa de cobre amarillo que tenía
este texto:
A, C.R. C. Estando en vida me di por
sepulcro esta quintaesencia del universo.
El
primer círculo que servía de orla llevaba en su
contorno:
Jesús es mi todo.
La
parte central contenía cuatro figuras encerradas en
un círculo y cubiertas por las inscripciones
siguientes:
1. 1. El vacío no existe;
2. El yugo de la ley;
3. La libertad del Evangelio;
4. Intacta está la gloria del Señor.
El
estilo de estas inscripciones, así como el de los
siete paneles laterales y el de las dos veces siete
triángulos que figuraban en ellas, era claro y puro.
Nos
arrodillamos todos a la vez para dar gracias a Dios,
único en su sabiduría, en su poder y en su eternidad
y cuyas enseñanzas, bendito sea su nombre, son
superiores a todas las invenciones de la razón
humana.
Dividimos la sala abovedada en tres partes: el techo
o cielo, el muro o flancos, y el suelo o pavimento.
No diremos ahora nada del cielo salvo que su centro
luminoso estaba dividido en triángulos orientados
hacia los siete lados (más vale que, si Dios lo
quiere, los veáis con vuestros propios ojos,
vosotros que esperáis la salvación). Cada flanco
estaba subdividido en diez campos cuadrangulares,
cubierto cada uno por figuras y sentencias
particulares que reproduciremos con el mayor cuidado
y precisión posibles en nuestra obra "Compendium".
En cuanto al suelo, también estaba dividido en
triángulos que, por representar el reino y los
poderes del déspota inferior, no pueden ser
revelados ante el temor de que el mundo impertinente
y pagano abuse de ellos (quien por el contrario está
en armonía con la percepción celeste, aplasta sin
temor ni daño la cabeza de la vieja serpiente del
mal, tarea que corresponde a nuestro siglo). Cada
lado ocultaba una puerta que abría un cofre
conteniendo objetos diversos: todos los libros que
poseemos y, además, el "Vocabulario" de Teoph. P. ab
Ho, y diferentes escritos que no cesamos de difundir
lealmente, entre otros su "Itinerario" y su "Vida",
fuente principal esta última de todo lo que precede.
Otro cofre contenía espejos de propiedades
múltiples, campanillas, lámparas encendidas,
compendios de cantos maravillosos, dispuesto todo de
tal manera que, si la orden o la fraternidad entera
vinieran a desaparecer, todo se pudiera reconstituir
aunque pasaran varios siglos, sobre la única base de
esta sala abovedada. Sin embargo, aún no habíamos
visto los despojos mortales de nuestro padre, tan
meticuloso, prudente y reflexivo. Así que
desplazamos el altar y levantamos una gruesa placa
de cobre. Entonces vimos un cuerpo perfecto y
glorioso, todavía intacto, sin la menor huella de
descomposición y coincidente por completo con el
retrato que lo representaba engalanado con todos sus
adornos y vestiduras. Tenía en la mano un libro en
pergamino con letras de oro llamado T., nuestro
tesoro más preciado después de la Biblia y que no
conviene someter a la opinión del mundo de manera
imprudente. El epílogo del libro contenía el
panegírico siguiente:
Simiente enterrada en el corazón de Jesús, C.
Ros. C. era el descendiente de la noble y gloriosa
familia germánica de los R. C. El único de su siglo
que, iluminado por la revelación divina, dotado de
la más refinada imaginación, y de un ardor
inagotable en el trabajo, tuvo la suerte de acceder
al conocimiento de los misterios y arcanos de los
cielos y del hombre. Tras haber sido el guardián de
un tesoro más que real y más que imperial que reunió
durante sus viajes por Arabia y Africa y para el que
su siglo no estaba aún maduro (corresponde a la
posteridad revelar su sentido); tras haber formado
herederos fieles y leales a sus artes y a su nombre;
después de acabar un resumen de todas las cosas
pasadas, presentes y futuras; con más de cien años y
sin que ninguna enfermedad le obligara (protegía al
prójimo de ella y nunca su cuerpo fue atacado por
las misma), fue llamado por el Espíritu Santo, y
entregó su alma iluminada a Dios su creador en medio
de los abrazos y de los últimos besos de sus
hermanos. Durante 1 20 años estuvo oculto en este
lugar, padre muy amado, el más dulce de los
hermanos, preceptor fidelísimo, amigo íntegro.
Debajo habían firmado todos los hermanos siguientes:
1.
Pr. A. Fr. ch., jefe electo de la fraternidad.
2. Pr. G.V., M.P.G.
3.
Pr. R.C. el más joven heredero del Espíritu Santo.
4.
Pr. F. B., M.P.A., pintor y arquitecto.
5.
Pr. G.G., M.P.I., cabalista.
Pertenecientes a la segunda generación:
1.
Pr. P.A., matemático, sucesor del hermano I.O.
2.
Fr. A., sucesor del hermano P.D.
3.
Fr. R., sucesor del P. Christian Rosenkreutz,
triunfante en
Cristo.
Todo
se acababa en las siguientes palabras:
Nacemos de Dios, morimos en Jesús, revivimos por
el Espíritu.
Capítulo V
En
este tiempo ya habían desaparecido Pr. O. y Pr. D.
¿Dónde se encuentran sus sepulturas? No nos cabe
ninguna duda que el mayor de los hermanos fue objeto
de cuidados especiales en el momento de su muerte y
que también tiene una sepultura oculta. Esperamos
igualmente que el ejemplo que hemos dado incitará a
otros a que busquen e investiguen con más celo sobre
los nombres que hemos revelado precisamente con
dicha finalidad, así como para que encuentren los
lugares donde están enterrados.
Casi
todos ellos fueron célebres y apreciados entre las
antiguas generaciones por su arte médico y pueden
contribuir a acrecentar nuestro tesoro o, al menos,
a que lo comprendamos mejor. En cuanto al pequeño
mundo lo encontramos conservado en otro altar de
talla pequeña, cuya belleza no puede ser imaginada
por ningún hombre razonable, y que no reproduciremos
en tanto no se haya testimoniado confianza a nuestra
Fama. A continuación volvimos a poner la placa en su
sitio, la cubrimos con el altar y después cerramos
la puerta y colocamos en ella todos nuestros sellos,
antes de descifrar algunas obras basándonos en las
orientaciones de nuestro tratado sobre los ciclos
(entre otras, en el libro M. hoh. que sirve como
tratado de economía doméstica y cuyo autor es el
dulce M. P.).
Después según nuestra costumbre, nos dispersamos de
nuevo abandonando nuestros tesoros a sus herederos
naturales y esperando la respuesta, el juicio y el
veredicto de sabios e ignorantes sobre nuestras
revelaciones. Aunque seguramente conozcamos la
amplitud de la reforma general divina y humana que
no sólo satisfará nuestros deseos sino también la
esperanza de otros hombres, no es malo en efecto que
el sol, antes de salir, proyecte en el cielo una luz
clara u oscura; no es malo que algunos se den a
conocer y se reúnan para promover nuestra
fraternidad con su número y con el prestigio del
canon filosófico que deseaba y que dictó Pr. C., o
incluso para disfrutar humildemente y con amor
nuestros inalienables tesoros, dulcificando así las
miserias de este mundo y utilizando las maravillas
divinas sin tanta ceguera. Sin embargo, para que
cada cristiano pueda apreciar nuestra piedad y
nuestra integridad, confesamos públicamente la
certeza en Jesucristo en los términos claros y netos
con los que ha sido proclamada en Alemania en estos
últimos tiempos, y con los que la mantienen y la
defienden todavía hoy algunas provincias célebres,
contra los fanáticos, los heréticos y los falsos
profetas. Celebramos igualmente los dos sacramentos
instituidos por la primera Iglesia reformada, con
las mismas fórmulas y las mismas ceremonias. En
asuntos de gobierno reconocemos como nuestro regente
y como regente de los cristianos a la IV Monarquía.
Pese a nuestro conocimiento de los cambios que se
preparan y al deseo profundo que nos anima de
comunicarlos a los que están instruidos por Dios,
éste es nuestro manuscrito, el que poseemos. Ningún
hombre nos pondrá fuera de la ley ni nos librará a
los indignos sin la ayuda del Dios único.
Sostendremos en secreto la buena causa según lo que
Dios nos permita o nos prohiba, pues nuestro Dios no
es ciego como la fortuna de los paganos; es el
tesoro de la 1glesia, el honor del templo. Nuestra
filosofía no es nueva; coincide con la que heredó
Adán después de la caída y con la que practicaron
Moisés y Salomón. No debe poner en duda ni refutar
teorías diferentes. Porque la verdad es única,
sucinta, siempre idéntica a sí misma; porque en
consonancia con Jesús en todas sus partes y en todos
sus miembros, es la imagen del Padre al igual que
Jesús es su retrato; es falso afirmar que lo que es
verdad en filosofía no es cierto en teología. Lo que
establecieron Platón, Aristóteles o Pitágoras; lo
que confirmaron Henoch, Abraham, Moisés y Salomón;
allí donde la Biblia coincide con el gran libro de
las maravillas, corresponde y describe una esfera o
un globo en el que todas las partes están a igual
distancia del centro, ciencia de la que trataremos
con más detalle y con más amplitud en la Colección
cristiana. El gran éxito actual del arte impío y
maldito de los hacedores de oro incita a una
multitud de bribones escapados de la horca a cometer
grandes canalladas abusando de la buena fe y de la
ingenuidad de numerosas personas. Algunas de ellas
están honestamente convencidas que la transmutación
metálica es la cima de la filosofía y su resultado,
y que hay que consagrarse enteramente a ello porque
la fabricación de grandes masas de lingotes de oro
agrada a Dios especialmente (esperan conquistar a un
Dios cuya omnisciencia penetra todos los corazones,
mediante oraciones irreflexivas y con caras
sufrientes y derrotadas). Lo que proclamamos al
respecto es lo siguiente: estas concepciones son
erróneas. Los verdaderos filósofos opinan que la
fabricación de oro no es sino un trabajo preliminar
de escasa importancia, uno más entre los miles que
tienen que realizar, la mayor parte de ellos de
bastante más envergadura. Repetimos el dicho de
nuestro padre bienamado C. R. C.: ¡Uf! ¡Oro! ¡Nada
mas que oro! Aquel ante cuyos ojos se abre la
naturaleza entera no se alegra por poder hacer oro
para, según palabras de Cristo, cebar a los diablos.
Se alegra por ver cómo el cielo se desvela, cómo
suben y bajan los ángeles del Señor y de que su
nombre esté inscrito en el Libro de la Vida.
Igualmente atestiguamos que, en el terreno químico,
se han publicado libros e imágenes que mancillan la
gloria de Dios. En su tiempo los daremos a conocer y
proporcionaremos un catálogo de ellos a los
corazones puros. Suplicamos a los hombres de ciencia
que redoblen su prudencia leyendo estas obras: el
enemigo no cesa de sembrar su cizaña hasta que
encuentre el maestro que le expulse. Así pues, según
el parecer del Pr. C.R. C., dirigimos la siguiente
súplica a los discípulos y también a todos los
hombres de ciencia europeos que lean nuestra Fama
traducida en seis lenguas y la Confessio latina: que
sometan su arte a un examen extremadamente preciso y
riguroso y que estudien cuidadosamente los tiempos
modernos antes de comunicarnos en obras impresas el
resultado de sus meditaciones individuales o
comunes; que mediten con espíritu reflexivo el ruego
que les dirigimos. Aunque actualmente no hayamos
indicado ni nuestro nombre ni dónde se encuentra
nuestro consistorio, es seguro que nos llegaran las
opiniones de todos, sea cual fuere la lengua en la
que estén redactadas. Y que todos los que indiquen
su nombre, conversaran sin falta con cada uno de
nosotros de viva voz o, si tienen dudas, por
escrito. Por el contrario, también declaramos lo que
sigue: quien mantenga respecto a nosotros una
actitud cordial y seria, se beneficiará de ello en
cuerpo y alma; en cambio quien tenga un corazón
falso o rapaz se sumirá en una miseria
extremadamente profunda y no nos causara ningún mal.
Es preciso que nuestra morada, aunque cien mil
hombres la puedan contemplar de cerca, siga siendo
eternamente virgen, intacta y celosamente oculta a
los ojos del mundo impío.
A la
sombra de tus alas, Jehová.
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