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Samuel Wolpin (*)
El
Nirvana no es otro de los temas inherentes al
Budismo; es el tema, el eje en torno del cual esta
doctrina tiene su razón de ser. Precisamente, si hay
un punto en el cual las múltiples sectas y escuelas
den que se dividen los seguidores del Buda coinciden
-aunque difieran en los métodos para lograrlo- es en
el Nirvana como meta final de sus esfuerzos.
De
hecho se descarta toda posibilidad de que el Nirvana
sea un lugar. El Nirvana es un estado, una forma del
ser. Pero, dado que esto no es tan simple como
parecería a primera vista, se impone recurrir a
Mircea Eliade y citarlo para vislumbrar algunas
sutilezas que encierra este concepto medular de
Oriente.
El Buda -sostiene el autor rumano
en su ensayo Yoga, inmortalidad y libertad-
se niega a postular la existencia de un espíritu
universal. Él negaba la posibilidad de discurrir
sobre ningún principio absoluto, como también de
poseer una experiencia, aún aproximativa, del yo
verdadero, mientras el hombre no sea despertado. El
Buda rechazaba, igualmente, las conclusiones de la
teoría, upanishádica: el postulado de un Brahman,
espíritu puro, absoluto, inmortal, eterno, idéntico
al alma individual; pero lo hacía porque este dogma
corría el peligro de satisfacer la inteligencia y,
en consecuencia, impedía al hombre despertarse.
Observando de más cerca las cosas, el Buda rechazaba
todas las filosofías y las ascésis contemporáneas
porque las consideraba como ídolos que levantaban
una especie de pantalla entre el hombre y la
realidad absoluta, lo único verdadero
incondicionado.
El Nirvana es lo absoluto por
excelencia, asamskrta (lo inmutable), lo
irreducible, lo trascendente, lo que está más allá
de toda experiencia humana. Debe recordarse que el
mensaje del Buda se dirigía al hombre que sufre, al
hombre aprisionado en las redes de la trasmigración.
Para el Buda la salvación sólo se obtenía luego de
un esfuerzo personal de la asimilación concreta de
la verdad. No era ni una teoría ni la evasión hacia
un esfuerzo ascético cualquiera. Era preciso
comprender y a la vez experimentar la verdad. Ahora
bien, los dos senderos representaban riesgos: la
comprensión amenazaba con quedar en simple teoría, y
la experimentación, con invadir el éxtasis. Pero,
según el Buda, la salvación consiste en morir para
la vida profana y renacer en una vida transhumana,
imposible de definir y describir, inefable.
En virtud de lo dicho, en los
textos budistas persisten los simbolismos de la
muerte, del renacimiento y de la iniciación. El
discípulo debe proveeerse de un nuevo cuerpo,
renacer, forma”, “mutación”. “Así pues -afirma H.P.
Blavatsky, en La doctrina secreta, vol. VI-
las como en otras iniciaciones, después de muerto.
El Mismo Buda lo proclama: “He mostrado a mis
discípulos los medios por los cuales pueden crear,
partiendo de este cuerpo constituido por los cuatro
elementos, otro cuerpo de sustancia intelectual,
completo con sus extremidades y dotado de facultades
trascendentales. Es exactamente como cuando uno saca
una flecha de una caña, o un sable de su Viaña, o
una serpiente de su piel muerta. El hombre tiene
conciencia de que la flecha y la caña son dos cosas
diferentes, y de que la serpiente y su piel vieja
son también cosas diferentes”. (Majjhima Nikaya,
II, 17).
El
simbolismo iniciático es transparente: la imagen de
la serpiente y de su despojo pertenece al caudal más
antiguo de símbolos de la muerte y la resurrección
mística.
El Buda enseñaba el camino y los
medios para morir con respecto a la condición
humana, a la esclavitud y al sufrimiento, y renacer
a la libertad, a lo incondicionado del Nirvana, pero
vacilaba en hablar de ese “incondicionado” para no
traicionarlo. Si alguna vez había atacado a los
heréticos, era justamente porque discurrían
excesivamente acerca de lo inexpresable y pretendían
poder definir el Yo. Para el Buda, sostener
que el Yo existe en forma real y permanente es un
punto de vista falso. L. De la Vallée-Poussin divce
que el Buda continúa la tradición ascético-mística
india; cree en una “liberación en vida” pero rehúsa
definirla, porque nada exacto ase puede decir sobre
el Liberado excepto que no pertenece a este mundo.
En el Samyutta Nikaya, IV, 374, el Buda dice
que el “que ha cruzado a la otra orilla no puede ser
nombrado como materia, sensaciones, ideas,
voliciones, conocimiento; está liberado de estas
denominaciones; es profundo, inmensurable,
insondable como un vasto océano. No puede decirse de
él es, no es, es y no es, ni es ni no es”.
Este es exactamente el lenguaje
de la mística y de las teologías negativas, es el
famoso “¡Neti!¡Neti! (¡Esto no es!¡Esto no
es!) de los Upanishads o el Ain
Soph (Lo que existe negativamente) con que los
cabalistas hebreos expresan la idea de lo Absoluto.
La vía expuesta por el Buda
-nunca se dejará de insistir- es un medio de
experimentación mística -no una unio
mystica como lo anhelan las religiones que
buscan a Dios-, un camino de acceso a las realidades
suprasensibles, una ciencia superior cuya etapa
final es el Nirvana.
También debe quedar en claro que
Nirvana no significa “aniquilación” sino “cambio de
forma”, “mutación”. “Así pues -afirma H.P. Blavatsky,
en La doctrina secreta, vol. VI- las cosas
temporales son ilusorias aunque parezcan
permanentes; y como la eternidad no tuvo principio
ni tendría fin, la duración más o menos prolongada
de las formas es comparable a la de un relámpago:
antes de advertirlo, la forma se desvanece para
siempre; y hasta los etéreos cuerpos astrales son
ilusiones de materia en tanto conservan la silueta
terrestre. El cuerpo astral, según la doctrina
budista, cambia en proporción a los merecimientos o
desmerecimientos de la persona durante su vida
terrestre; y esto es la metempsicosis. Cuando la
entidad espiritual se desliga definitivamente de
toda partícula de materia, entonces -únicamente
entonces- entra en el eterno e inmutable Nirvana;
existe en espíritu; ha cesado como forma, como
apariencia y, por lo tanto, ya no morirá más porque
en espíritu solo no es ilusión, sino la única
Realidad en un ilusorio universo de formas siempre
pasajeras.”
Heinrich Zimmer -Filosofías de
la India- ha resumido con todo rigor la
interpretación paradójica del Nirvana como el estado
de retorno a la Nada absoluta del ser y del
pensamiento.
Es cierto que el Budismo se ha
presentado como un conjunto de doctrinas y de
prácticas, es decir como un vehículo que lleva al
Nirvana. Es cierto que, a su vez, el Nirvana se
ofrece a los hombres como liberación del dolor y
como la felicidad absoluta y definitiva. Este
conjunto de verdades y normas es llamado,
particularmente en el Budismo Mahayana, como un
vehículo que lleva al hombre desde “esta orilla- el
mundo de la ignorancia y de la impermanencia- hasta
la “otra orilla” -el estado de Iluminación- donde el
hombre se ve libre de la corriente cambiante del
samsara (las existencias incesantes). Pero, en
realidad, todas estas enseñanzas (del vehículo, de
la corriente y de las dos orillas) no son más que un
método pedagógico de guiar al hombre hacia la última
sabiduría y verdad. En realidad no existe ni una
orilla ni otras, ni corriente de las existencias, ni
el vehículo de la doctrina, ni la Ley. El Buda
habría sabido perfectamente todo ello, pero lo
habría utilizado solamente como un artificio para
despertar en los hombres el conocimiento de la
Verdad suprema del vacío y del no-ser absoluto de
todo. No hay diferencia entre el samsara y el
Nirvana, entre esta orilla y la otra, no existe la
corriente ni el vehículo. El creer en ello lleva a
una dualidad de la mente que impide alcanzar la
sabiduría suprema, la realidad absoluta. Puede haber
otra orilla solamente para aquellos que están de
este lado de la corriente, dentro del barco o
todavía no han desembarcado. Iluminación significa
que ya no se mantiene la significación entre las dos
orillas de la existencia mundanal y trascendental.
Los conceptos precedentes harían
suponer que una resultante nihilista envolvería al
Budismo. Este etiquetamiento queda descartado cuando
se comprende que el Nirvana es sinónimo de Absoluto,
es decir: la realidad última e ideal que se alcanza
al liberarse del karma
(la retribución condigna de todo
acto) y del samsara.
En cuanto a la comprobación de la
realidad del Nirvana, al avanzar en la práctica el
discípulo encuentra nuevas conformaciones de la
doctrina, especialmente la evidencia de algo que
trasciende todas la modalidades accesibles a una
consciencia no iluminada. Se afirma en vano -dice el
Samghabhabra- que el Nirvana no existe por el
hecho de que no es objeto de conocimiento. Sin duda
el Nirvana no es conocido directamente (como ocurre
con el color, la sensación, etc.) ni indirectamente
(a través de su actividad como con los órganos de
los sentidos). Pero su naturaleza y su actividad son
objeto de ese conocimiento que se logra mediante la
ascesis, por ejemplo, de tipo yóguica. Los ciegos,
por el hecho de no ver los colores, no tienen
derecho a decir que no existen. El Nirvana sólo
puede ser visto con el ojo de los santos, es decir
con un órgano trascendete, que no participa del
mundo perecedero. Para el Budismo, la doctrina
consiste en mostrar el camino a través del cual
puede obtenerse ese órgano trascendente que revele
lo incondicionado. Para los que logran ese ojo, el
Nirvana existe, aunque no consigan convencer a los
profanos de su realidad. Porque, como sentencia el
Visuddhimagga: “No se puede decir que una
cosa no existe sólo porque los necios no la
perciben.”
Luego, para muchos, el Nirvana existe.
(*)SAMUEL
WOLPIN: Nació en Rosario ( Argentina )en 1946.
Escritor y periodista, ha publicado más de mil
artículos periodísticos en diarios y revistas de
varios países.. Miembro del Proyecto Lumbini de las
Naciones Unidas para la construcción de un foro de
paz en el lugar natal de Buda. Fue el primer
latinoamericano becado por el Dalai Lama para
estudiar Budismo en el monasterio tibetano de
Nechung. Desde 1976 ha publicado cerca de 20 libros
sobre filosofía oriental. |