Fabio W.
Hemos notado desde
hace ya muchos años el gran interés de mucha gente
por la Kábala o, mejor dicho, por ciertos textos
sobre Kábala difundidos al gran público en cualquier
librería. Este interés, si bien comprensible dado el
poco espacio que “Lo misterioso”
ocupa en
los diarios, y dado que el laicismo del mundo
moderno priva a los modernos del trato cotidiano con
El Misterio, puede llegar a ser el móvil que
conduzca a groseros delirios y fantasías por cierto
no muy saludables.
Antes que nada
aclaremos qué es la Kábala. Digamos que es el
aspecto más interior de la Torá, y con
relación al conocimiento, más profundo que el
sentido más elemental al cual todos tienen acceso.
Siendo de orden más elevado, como tal se dirige sólo
a los discípulos preparados especialmente para
comprenderlo, siendo casi en su integridad objeto de
una enseñanza puramente oral.
Si
todo estudio teórico es, desde la perspectiva
tradicional, un primer paso para la realización,
para la rectificación del pensamiento y la conducta,
el estudio de este aspecto profundo de la Torá
acompaña el desarrollo interior del esoterista
judío, guiado por un Rab. y
con un método y objetivos claros y precisos,
trasmitidos por una cadena ininterrumpida desde
Moshé Rabeinu y, según el Zohar, desde Adán
mismo.
La
Kábala no es magia, sino el camino que lleva al
conocimiento de uno mismo, de los principios
metafísicos y del Creador, que no son más que UNO.
En esta vía, la magia y los poderes psíquicos, tan
excesivamente interesantes para los modernos, no son
más que áreas conocidas por el cabalista pero que no
tienen relación alguna entre su desarrollo y la
realización de orden espiritual. Aún más, con vistas
a una tal realización,
estos
"poderes"
no sólo son indiferentes e inútiles, sino hasta
verdaderos obstáculos, y muy nocivos, distrayendo al
hombre del único verdadero objeto de su búsqueda: El
Santo, Bendito sea.
Escribe
Maimónides: "...Aquel que basa su creencia en
milagros únicamente, posee una
falsa premisa en su
corazón, ya que siempre es posible haber realizado
el milagro a través de trucos o brujería...".
Fenómenos semejantes pueden proceder de causas
totalmente diferentes; es la razón de que los
fenómenos en sí mismos, que no son sino simples
apariencias exteriores, jamás puedan ser
considerados como constituyendo realmente la prueba
de la verdad de una doctrina o de una teoría
cualquiera, contrariamente a las ilusiones que a
este respecto se forma el "experimentalismo"
moderno. Ocurre igual en lo concerniente a las
acciones humanas, que por otra parte son también
fenómenos de un cierto género: las mismas acciones,
o, hablando más exactamente, acciones indiscernibles
exteriormente unas de otras, pueden responder a
intenciones muy diversas de quienes las cumplen.
Naturalmente, un observador superficial, que se
atenga a lo que ve y no vaya más lejos de las
apariencias, no podrá dejar de equivocarse e
interpretará de manera uniforme las acciones de
todos los hombres refiriéndolas a su propio punto de
vista. Puede haber aquí una causa para múltiples
errores.
En
el Tratado de los Principios dice Rab. Meir:
"...No te fijes en la jarra, sino en lo que
tiene
dentro...".
En
todos estos libros o cursos donde se pretende
estudiar Kábala no hay referencias a lo
imprescindible del cumplimiento de la Halajá
(preceptiva legal judía) para siquiera leer estas
obras, ya que la comprensión, si es posible llamarla
así, de textos que tratan con el
Sod (misterio) es únicamente posible tras un
determinado grado de maestría práctica e intelectual
de la tradición judía en su integridad.
Nos
sigue diciendo Maimónides: “...Cuando se empieza por
la ciencia metafísica, resulta no sólo turbación en
las creencias, sino la irreligión pura. No puedo
comparar esto sino con alguien que diese de comer a
una tierna criatura pan de trigo y carne, y de beber
vino; la mataría indudablemente, no porque sean
aquellos alimentos malos y contrarios a la
naturaleza del hombre, sino porque quien los toma es
demasiado débil para digerirlos y sacar de ellos
provecho. Del mismo modo, si se presentan las
verdades metafísicas de una manera oscura y
enigmática, y si los sabios emplean toda clase de
artificios para enseñarla sin pronunciarse con
claridad, no es porque encierren interiormente algo
malo, o porque destruyan los cimientos de la
religión, como creen los ignorantes que pretenden
haber
llegado al grado de la especulación, sino porque las
inteligencias, al principio, son incapaces de
acogerías, y se han hecho entrever para que el
hombre perfecto las conozca; por eso se llaman
misterios y secretos de la Torá...".
Esta
vulgarización de ciertos textos sagrados, tan propia
de las pretensiones igualitaristas de nuestros
contemporáneos, no sólo no beneficia, sino que
también mata,
daral igual que
le de
comer carne y vino a un bebé. Sólo que no afecta
esto al cuerno sino al alma.
Rabí
Shneur Zalman de Liadi nos dice: "...EI hombre
imagina en su mente todas las ideas abstractas que
él desea comprender por analogía con aquello que
encuentra en sí mismo... pero en realidad... Dios
está separado por infinitos millones de grados de
diferencia por encima
y más allá de todo tipo o clase posible de plegaria
o virtud que las criaturas puedan comprender o
imaginar en sus mentes..."
Si
se quiere construir un edificio, se deben establecer
los cimientos; éstos son la base indispensable sobre
la cual se apoyará todo el edificio, incluidas sus
partes más elevadas, y lo seguirán siendo siempre,
incluso cuando esté terminado. Al igual, la adhesión
a la Halajá es una condición previa para
llegar a la Kábala. El verdadero Mekubal
(cabalista)
se
hace cada vez más apto para comprender las razones
profundas de la Halajá, y ésta adquiere para
él un significado realmente mucho más importante que
el que pueda tener para el religioso, que está
siempre guiado por la fe y no por la certeza.
Estos
pseudo-cabalistas o "estudiosos", al no tener
formación y clara participación en la Torá,
prescinden del objeto que dicen conocer. La
ignorancia práctica, que consiste en considerar como
inútil o superflua la participación religiosa, no
sería posible sin un desconocimiento incluso teórico
de la religión, y esto lo hace más grave, pues puede
cuestionarse si cualquiera en quien exista tal
desconocimiento, sean cuales sean por otra parte sus
posibilidades, está realmente preparado para abordar
el dominio de la Kábala, y si debería más bien
aplicarse a comprender mejor el valor y el alcance
de la Halajá antes de querer ir más lejos.
Si
un hombre actúa contra las verdades sobre las cuales
está meditando, esta contradicción reaparecerá en su
meditación en la forma de un obstáculo, de un error.
Si, por el contrario, su modo de actuar y
comportarse en la vida externa es armónico con el
contenido de su meditación, probará ser un fuerte
soporte para su actividad interior, un
“trono de unión". El
pensamiento se cristal iza en virtuosas y justas
acciones; la verdad a través del pensamiento se
vuelve carne y esta carne "espiritualizada" no se
opone al pensamiento sino que lo sostiene y deviene
uno con él.
Dijo
el Rey David: "El secreto de Dios es con aquellos
que
le temen".
Este
pseudo-estudio no es otra cosa qué intentar, bajo la
más grande influencia anti-Torá,
o
sea, el mundo laico moderno, conocer el núcleo mismo
de la Torá. Absurdo.
Se
puede afirmar que estos "estudiosos" que pretenden
poner al alcance de la gente la doctrina metafísica
de hecho no hacen más que constituirse en misioneros
del Coifrut (negación de la Torá).
Tales individuos no pueden más que engañar a quienes
les otorgan una confianza que de ningún modo
merecen, y lo que mejor puede suponerse en
su
favor es que, impregnados sin saberlo de las
influencias antitradicionales que sufren
inconscientemente, ellos se engañan a sí mismos
tanto como a los demás.
Resumiendo, es fácilmente comprensible que no hay
forma de acceder a lo interior si no es por lo
exterior. El núcleo no puede ser alcanzado de otro
modo que a través de la corteza.
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