SIMBOLOGÍA ROMÁNICA

 

Marie Madeleine Davy

 

La obra permite conocer al artesano. El universo es el espejo en el Que Dios se refleja. El conocimiento del universo introduce al hombre medieval en el misterio de Dios y en su propio misterio. Así, el conocimiento de sí y del mundo le da acceso al modelo del que el mundo es imagen.

Para los hombres de la Edad Media, la naturaleza no está separada de la gracia. Dios es señor a la vez de la naturaleza y de la historia, según la afirmación de Hugo de San Victor. A la obra creadora de Dios corresponde la obra recreadora de la redención, puesto que entre ellas se ha introducido el pecado. El cosmos creado por Dios retorna a Dios necesariamente. Tomar contacto con la naturaleza, es por tanto entrar en una economía de salvación.

 LA OBSERVACIÓN DE LA NATURALEZA

La correlación y la interdependencia de las diferentes partes del cosmos se presentan en numerosos temas. Así, nuestros autores medievales podían admirar las miniaturas de un manuscrito de Isidoro de Sevilla, donde se veía la posición de los siete planetas errantes. Desde el siglo XI, algunas miniaturas representaban el sol estrellado de rayos en el interior de un círculo, rodeado de los signos del zodíaco, con sus nombres y las partes del cuerpo que rigen.

En el universo, los hombres observaban los planetas, los árboles, las flores, y sobre todo tenían conciencia de un ritmo del que no se podía escapar sino desgajándose del universo. Ya en el siglo I, Dión Crisóstomo expresaba idéntico sentido mostrando cómo la naturaleza constituye una iniciación para el que la contempla. Si enviáramos –nos dice– un Griego o un bárbaro a un templo destinado a los misterios, a un santuario maravilloso en belleza y grandeza, sentiría un movimiento semejante al percibido en el seno de la naturaleza. Al templo llegan las visiones y las voces que se oyen en los misterios, y hay alternancias de luz y de tinieblas. Incluso cuando no hay ningún intérprete para explicar estos misterios, el hombre nunca puede permanecer insensible. Así, el género humano está iniciado al misterio, y no en un edificio elevado por los atenienses, sino en la creación, con sus aspectos variados. Allí donde la luz del sol y de los astros danza en torno a los hombres, el corifeo contiene el corazón de la totalidad de las cosas, gobernando el cielo y todo el cosmos como un sabio piloto que dirige una nave que está bien construida,

Según Adam Escoto, monje premonstratense convertido en cartujo, no sólo son los libros los que describen la presencia de Dios, sino que todo el universo lo revela: las estrellas del cielo, las arenas del mar, las gotas de la lluvia, la hierba de los campos, las hojas de los árboles, el pelaje de los animales, las escamas de los peces, el plumaje de los pájaros. San Bernardo nos dice que aprendió más en los bosques que en los libros, ya que las rocas y los árboles enseñan todas las cosas, y añade en alusión a un texto bíblico: «Podemos extraer miel de las piedras y de las rocas aceite». Y también es en la naturaleza donde halla el hombre las plantas necesarias para conservar su salud y asegurar su curación de la enfermedad. Adam Escoto dice haber visto a la maga coger flores cuando anochece y cruzar la llanura con su carga de plantas, oyéndole moler sus medicinas en un mortero con ayuda de un mazo. La naturaleza aparece así cargada de fuerzas misteriosas, a la vez inquietantes y benéficas. Y Abelardo, en su Ética, evoca a los demonios como conocedores de los secretos de las hierbas y las simientes, de los árboles y las piedras.

El oído del corazón permite percibir esa brisa ligera que nos anuncia el mensaje de Dios, y el hombre atento, como Elías, reconoce la presencia divina. Quizás como Ana, hija de Fanuel, tenga que esperar durante ochenta años... Para Adam Escoto, la primera visión de Dios consiste en el conocimiento de su obra; así, la contemplación de la naturaleza se convierte en el umbral de una revelación interna.

El hombre románico, permeable al sentido del universo, distingue a través de él la voz de Dios, y como le está atento, recibe una enseñanza. Comprende así que el universo es esencialmente un lugar de teofanías.

En cuanto a este término, la teofanía, que conocen nuestros autores medievales y que algunos emplean gracias a Juan Escoto Erígena, encuentra aquí su plena aplicación. La naturaleza no nos permite saber lo que es Dios, pero sí que afirma su existencia. Cristo, al hacerse hombre, asume el mundo sensible e inteligible, y su encarnación es la más excelente de las teofanías. Y ya que las teofanías son apariciones divinas, la naturaleza entera se convierte al fin en una de ellas. «Theophania id est divina apparitio», dice Honorius Augustodunensis. El verbo creador mantiene el movimiento del mundo. ¿No dijo ya San Juan en el Prólogo de su Evangelio: «En él estaba la vida y la vida era luz para los hombres» (In ipso vita erat, et vita erat lux hominum)? Estos distintos símbolos, en los que reconocemos a Dionisio a través de Juan Escoto Erígena, manifiestan la influencia de los Padres que han intentado interpretar la Sagrada Escritura.

 EL SECRETO DE LA NATURALEZA

En el universo todo puede aprenderse, y los secretos más escondidos en él se nos descubren. Cuando los monjes cistercienses y cartujos construyen sus monasterios en lugares desiertos, no se trata tanto de huir de los lugares habitados como de estar rodeado de una naturaleza que servirá de apoyo a su pensamiento contemplativo. Los elementos, el viento, los insectos, los árboles y las flores, se convierten en materia de enseñanza.

La mariposa es corrientemente asimilada a un ángel, pues como él se alimenta de luz. Sus alas le permiten captar las energías cósmicas y cruzar los océanos alimentándose sólo de la luz solar. Al pájaro también se le compara con el ángel, pues gracias a él el cielo desciende, mientras la tierra se alza con la serpiente. Las flores parecen mudas, y sin embargo su belleza, su color y su perfume traducen su lenguaje. Por eso los místicos preguntarán a las flores de los prados como conviene glorificar a Dios.

Cuando el hombre meditativo mira hacia la tierra, comprende por qué es a la vez siempre virgen y madre: virgen, porque espera constantemente la semilla divina; madre, porque da a luz sucesivamente a numerosas cosechas. La tierra está cara al cielo del que recibe el rocío, así como las lluvias y el sol que van a provocar el estallido del germen y su crecimiento. Así, el hombre románico sabe que existen ciertos misterios que sólo percibe en la medida en que la inspiración le visita, y que de todas formas no podría comunicar. Algunos secretos deben permanecer en secreto, o al menos sería perjudicial desvelarlos. El texto del Evangelio (Mat., VII, 6) que dice que no conviene arrojar perlas a los puercos, posee gran resonancia. Justifica la reserva que conviene observar, ya que aquello que es una verdad en sí misma no debe ser desvelada ante los indignos o los no preparados para recibirla. Esta verdad, que es buena para unos, podría ser perjudicial para los otros.

(Con los «puercos» se designa comúnmente a los que buscan en el sentido horizontal, y exploran aquí y allá entre los deshechos sin dedicarse a estudiar en un plano que podríamos llamar vertical, para oponerlo al otro e indicar su profundidad. A menudo se entiende por este término a los intelectuales o los sabios que rara vez se benefician de sus propios descubrimientos. Cuando el cerdo halla una trufa, le golpean el hocico con la vara y le impiden cogerla.)

La leyenda de Alejandro resonaba en todas las memorias; ayudando a medir la importancia de las leyes del conocimiento, que es un don divino, y que no puede provenir exclusivamente de la voluntad humana. Pero este Alejandro que poblaba los sueños no era el de Plutarco, sino el héroe de una historia oriental importada por un griego de Egipto. Las traducciones de Julio Valerio transmitían la historia de dicho héroe. Igualmente, en la catedral de Otranto, se encontraba representado el famoso mito. Alejandro había hecho ayunar durante tres días a dos grifos enormes, y los había unido con un yugo enganchado a unos arneses de los cuales había colgado un asiento. Portador de una inmensa asta provista en su extremo de un hígado de animal, el rey se sentó allí. Los hambrientos grifos quisieron devorar el cebo que Alejandro había colgado sobre sus cabezas, y así fue como se echaron a volar. Durante siete días subieron, cada vez más arriba, mientras que Alejandro seguía manteniendo el asta levantada. Al fin encontró a un genio que le dijo: .¿Para qué conocer las cosas del cielo cuando aún ignoras las cosas de la tierra?.

En Otranto, cerca de la imagen de Alejandro, se veía al rey Arturo, el héroe de la Tabla Redonda, y juglares, trovadores e imagineros celebraban ambos mitos reales. De Alejandro, como de Pitágoras, se decía que entendía la lengua de los animales, y que hablaba con los árboles, que le anunciaron su muerte próxima. Siempre es el mismo símbolo. El que penetra en el conocimiento ve abolirse de inmediato los tabiques que separan los diferentes reinos, y percibe el lenguaje del animal así como el de las flores y los árboles.

 EL PAPEL SOTERIOLOGICO DEL HOMBRE RESPECTO A LA NATURALEZA

La naturaleza habla de Dios, y el hombre posee un papel soteriológico en relación a ella, operándose por él una especie de liberación. Este sentimiento se presenta muchas veces en las obras de los autores del siglo XII, y aunque raramente se concreta de manera precisa, es posible descubrirlo. Si la naturaleza ordenada por Dios es dependiente del hombre, es porque el hombre ejerce un poder respecto a ella, siendo intermediario entre el Creador y la creación que le está sometida. Esta noción será afirmada más tarde por Angelo Silesio, de modo muy emotivo, cuando escribe:

Hombre, todo siente amor por ti, siempre hay en tu entorno un gran anhelo. Todo corre hacia ti para llegar a Dios.

Así la naturaleza avanza hacia el hombre. Pero avanza hacia el hombre en la medida en que éste es portador de la divinidad. En cuanto que éste se ha convertido en el cristóforo, la naturaleza que no está deformada reconoce la presencia divina y se precipita hacia aquel que la encierra. En este mismo sentido, precisa Angelo Silesio:

Si posees al Creador, todo corre tras de ti. Hombre, ángel, sol y luna, aire, fuego, tierra y río.

Citamos a este poeta del siglo XVII porque, en términos poéticos, expresa una idea que recorre toda la época cristiana y que el siglo XII debió más que otro alguno contener. Pero este tema no pertenece sólo al cristianismo, sino que es de origen universal. La naturaleza acude hacia el hombre solar es decir, hacia el que posee la luz porque reconoce su principio. En cuanto a los hombres que prefieren la sombra, se desvían y arrojan polvo sobre la llama cuyo ardor y visión no pueden soportar.

Por ello el hombre tiene una misión que cumplir respecto a la naturaleza: liberar al universo de las cadenas que le esclavizan. Así ejerce un papel comparable al del sol, en el orden del nacimiento y el crecimiento. Pequeño sol, mas necesario sin embargo para la buena ordenación del universo, que liberando a la tierra, asume y capta las energías cósmicas, como las mariposas y las flores. Al estar integrado en los distintos reinos, comprende necesariamente su lenguaje.

Nacido de nuevo, es decir, «despierto», con lo que el hombre descubre la «piedra filosofal» que le permite transmutar todo en oro, respecto al universo cumple además un papel soteriológico: cambia el mundo; lo salva. Según Guillermo de San Thierry , cuando el hombre se encuentra en el séptimo grado de la contemplación de la verdad, puede ejercer esta obra salvadora. Según la doctrina cristiana, Cristo, que es el redentor del hombre, salvando al hombre salva al mundo. Para el pensamiento románico, que es aquí claramente tradicional, la salvación cósmica operada por el hombre exige que el hombre, según frase de San Pablo (cf. Phil., I, 20), ofrezca al Cristo una humanidad por añadidura. Luego es por Cristo y con Cristo como el hombre románico se convierte en redentor del mundo.

LOS ELEMENTOS DE LA NATURALEZA

En la contemplación de la naturaleza capta el hombre el sentido de la luz, y encuentra el símbolo en las mitologías y cosmologías orientales de Persia y Egipto. Toda la antigüedad presta el mismo testimonio: Platón, los estoicos, los alejandrinos y también los gnósticos. San Agustín transmite por su parte las influencias neo-platónicas referentes a la belleza de la luz, cuya grandeza ya la Biblia señalaba. Del mismo modo, el Verbo es llamado también Lumen de lumine.

Los hombres de la Edad Media estudian la estructura luminosa del universo, y la belleza de los colores es extraordinaria en miniaturas y vidrieras. Así aparece, brillante, en los frescos de Tournus, y mate en Sint-Savin. Estudiando los frescos de Berzé la Ville, Fernand Mercier, en su obra sobre la pintura cluniciense, ha podido enumerar ocho colores simples (azul, amarillo, marrón, verde, negro, blanco, rojo y bermellón) y dos colores compuestos (violetas). La interpretación de los colores se remite a las normas de la antigüedad, evocando las pinturas egipcias arcaicas. Además el color simboliza una fuerza ascensional en ese juego de luz y de sombra, tan característico de las iglesias románicas, donde la sombra no es el reverso de la luz, sino que la acompaña para mejor ponerla de relieve y colaborar en su expansión.  

Entre los místicos, como en San Bernardo, la noche se compara con el diablo, siendo imagen satánica. Por el contrario, la eternidad es esencialmente luminosa. «¿Qué ocurrirá –pregunta San Bernardo– cuando las almas se separen de sus cuerpos? Creemos –se responde– que quedarán sumergidas en un inmenso océano de luz eterna eternidad luminosa (pelago oeterni luminis, et luminosae oeternitatis)». En la descripción de la Jerusalén celeste de la Búsqueda del Grial, Galaad; Perceval y Bohort se encuentran a la aurora bajo los muros de Sarras. «En lo más alto de la ciudad santa se erige un templo prodigioso que llamamos el Palacio Irreal. Ningún viviente habita en esas altas torres tan brillantes que se dirían hechas de rayos de oro del sol. Únicamente los espíritus bienaventurados conversan dentro de ellas».

En el interior de la iglesia románica, la luz del sol se capta por la vidriera, y acaricia los ventanales. Al tratar sobre la casa de Dios se verá su papel. Pero hay una presencia solar magnificada, y no sólo en la iglesia, sino también en la liturgia que celebra el encanto del día. La importancia de la luz en la época románica constituye el tema de un posible y gran libro.

En el Cantar de Roldán, brilla el sol sobre el ejército, y Durandal, la espada de Roldán, flamea como el sol. Las chicas jóvenes tienen cabellos dorados, bucles de seda flameantes y semejantes al oro; sus rubias trenzas imitan a los rayos solares. También los caballeros aparecen bellos como el sol. De este amor de la luz se desprende una pasión por la claridad. En la literatura románica, la palabra claro (cler) es frecuentemente empleada, y numerosas comparaciones ponen en evidencia la blancura. Así, el cabello o la barba son blancos como «flores en abril o flores del espino».

Los elementos de la naturaleza aparecen representados en las miniaturas y en piedra. Un especial cuidado en la observación vuelve más vivo este tema antiguo, que a menudo se aleja de su sentido primitivo. Hay que representar al hombre en piedra, insertarlo en una inmensa decoración y, por consiguiente, disponer de modelos, porque no basta con la imaginación. De ahí la necesidad de copiar los más diversos objetos: madera, tierra, tela; e imitar los temas orientales de una iconografía muy amplia. Así la tierra aparece representada por una mujer que alimenta animales o niños, o que amamanta sapos o serpientes, adoptando a veces las facciones de la mujer borgoñona o picarda. En un capitel de Cluny, la tierra está personificada por un sembrador. En cuanto al agua, según la costumbre, la simbolizan dos trazos ondulados. También está representada por Neptuno, sentado generalmente sobre un monstruo marino, y también se encuentra en la representación del bautismo de Cristo. El Jordán indica el elemento agua. El fuego, naturalmente, está representado por llamas. Los vientos soplan en las miniaturas o en los capiteles, y en un manuscrito de las visiones de Santa Hildergarda en la biblioteca de Heidelberg, se distingue en el centro la figura del año, que tiene dos cabezas, el Sol y la Luna, estando decorado con los signos de la luz y las tinieblas, y la zona que lo rodea contiene cuatro vientos alegorizados por cabezas, tres de las cuales soplan y la cuarta sonríe. En otra miniatura del siglo XII perteneciente al monasterio de San-Hubert en las Ardenas, los atributos del fuego son el sol y la luna, los del aire una bola y un cuerno, el agua está representada por una rama y una urna, y la tierra por una azada y una flor.

Así, numerosos temas descritos en los textos o esculpidos en las iglesias románicas muestran en el hombre románico una extraordinaria observación de la naturaleza. Destacaremos un capitel borgoñón, originario de la abadía de Moutiers- Saint-Jean, representando la escena de la vendimia con todos sus detalles: recogida de los racimos y prensado de las uvas. Los trabajos de los meses ofrecen muchos ejemplos de este orden.

 Así el universo no sólo cumple una función de espejo sino también de escalera, y el místico románico puede contemplar la continua manifestación de Dios. En el arte del siglo XII, cada pincelada o cada golpe de cincel es expresión de la vida, y cuando el pintor o el escultor están en armonía con la naturaleza y con su Creador, la inspiración le traspasa y le conmueve.

Por lo demás, al retomar los símbolos bíblicos y profanos, el hombre románico no los repite, sino que participa a través de ellos en los símbolos eternos de la humanidad, y éstos se hallan en el interior del ser, pero el contacto con la naturaleza es lo que permite explicitarlos.
 

 (Fragmentos extraidos de: INICIACIÓN A LA SIMBOLOGÍA ROMÁNICA, Marie Madeleine Davy, Ediciones Akal)